Cuando uno decide seguir la ruta del modelado de amplis, de la que hablamos hace bien poquito por aquí, hay una cuestión impepinable ante la que hay que enfrentarse y tomar serias decisiones: ¿cómo vamos a monitorear nuestro sonido?
 
Para los menos familiarizados con el mundo del modelado, y los que estamos acostumbrados a tocar la guitarra estrictamente en el terreno analógico – esto es, usando y abusando de válvulas y transistores -, la pregunta puede no tener demasiado sentido. La respuesta es evidente: a través de una pantalla de altavoces. Lo habitual, vaya.

Pero cuando hablamos de modelado de amplis, o amplificación digital, si preferimos esta denominación, la respuesta no es una, sino varias, cada una con sus diferentes implicaciones. La culpa recae en varios aspectos del propio modelado, pero muy especialmente en el apartado de simulación de altavoces que incorporan los procesadores principales de esta tecnología que cada vez gana más adeptos entre los aficionados y profesionales de la guitarra.

¿Por qué? Si echamos un vistazo a modeladores como el Eleven Rack de Avid o el célebre y archi-deseado Axe FX de Fractal Audio, veremos que entre las muchas opciones que ofrecen (modelos de ampli, claro, pedales de efecto, etc.), se encuentran nutridas colecciones de altavoces con que emparejar cada ampli que queramos emular, que incluyen modelos históricos de marcas como Celestion o Jensen, entre otras. Además de opciones avanzadas como la distorsión del altavoz o, en el caso del Axe FX, tipo de válvulas de potencia y hasta bias (virtual, vaya... entre muchas otras), cada altavoz se puede emparejar con un tipo de micrófono diferente, emulando así el tipo de captación que realizaríamos en un estudio o sobre un escenario para terminar de perfilar el sonido final que entregará el procesador.

La idea, por supuesto, es tener a la salida un sonido específico que podemos esculpir a nuestro gusto, y que se trasladará exactamente igual a nuestro DAW en el estudio (Protools, Cubase, Logic o lo que usemos) al usar el procesador para grabar, o la PA de la sala de conciertos en que toquemos, si decidimos enviar el sonido directamente sin microfonear. Lo que en el fondo es buena parte de la gracia y la utilidad de esta tecnología.

Pero, ¿qué ocurre cuando queremos monitorear ese sonido, tanto sobre el escenario como, sin ir más lejos, en el local de ensayo cuando tocamos con nuestra banda?

Dos pantallas no son mejor que una
No es habitual que en nuestro local de ensayo tengamos montado un equipo de PA similar al de un recinto de conciertos, con monitores personales para cada músico o sistemas “in ear”. Lo corriente es tener una PA normalita para lanzar por ahí las voces, y que guitarras y bajos se escuchen directamente a través de los altavoces de sus respectivos amplis. Pero si nos disponemos a emplear amplificación digital, nos encontraremos con varias decisiones que tomar: ¿usamos nuestro procesador a través del retorno del loop de efectos de nuestro ampli, saltándonos así la sección de previo y convirtiéndolo básicamente en un power-amp con su altavoz? ¿Empleamos una etapa de potencia dedicada y salimos a nuestra pantalla habitual?

Éstas podrían ser dos primeras opciones cuando comenzamos a coquetear con la amplificación digital. Pero pronto veremos que entran en conflicto con la propia simulación de pantallas de nuestro procesador. La razón es sencilla: los altavoces de guitarra, en el fondo, tienen un impacto enorme sobre el sonido final que obtenemos de cualquier amplificador. Dejan una impronta muy reconocible: de ahí la infinidad de modelos y la reputación de unos sobre otros para según qué estilos musicales. Y si usamos modelado de amplis con sus respectivas pantallas simuladas (cab sims, es la denominación estándar), ese impacto tendrá lugar dos veces: primero en el terreno digital, dentro del propio procesador, y después en el analógico, cuando ese sonido ya esculpido vuelva a verse afectado por el altavoz o altavoces de nuestra pantalla.

El resultado suele ser un sonido espantoso. Simple y llanamente. Porque, simplificando el asunto, a la ecualización que aplican nuestros cab sims (altavoces más micrófonos), hay que sumarle la ecualización que vuelve a realizar el altavoz de guitarra físico. Y esto implica no solamente que lo que saldrá del procesador en dirección a la mesa de mezclas de la sala de conciertos (si decidimos enviarlo directamente) no será igual a lo que escuchemos por nuestra pantalla, sino que esto último tenderá sencillamente a sonar mal.

Por supuesto, una opción es prescindir de las simulaciones de altavoz, y emplear nuestro Eleven Rack, Axe FX, o la unidad que hayamos elegido, en cierto modo como un amplificador más tradicional. O, para ser exactos, como un preamplificador: desconectaríamos las cab sims, y saldríamos a una pantalla de altavoces a través de una etapa de potencia. Mucha gente los emplea así, y no tiene por qué suponer mayor problema. Aunque resulta evidente que estaríamos malgastando buena parte del potencial de nuestro amplificador digital.

Entran en escena las siglas FRFR
Si lo que queremos es exprimir realmente las opciones que ofrece el modelado de amplis, parece obvio que las escuchas guitarreras tradicionales no son las más adecuadas. Y es aquí cuando entran en escena esas siglas que cada vez se leen y escuchan más a menudo en el mundo de la guitarra, a la par de la cada vez mayor popularidad del modelado digital: FRFR. O lo que es lo mismo, Full Range Flat Response.

Si te has fijado, en los párrafos anteriores nos referíamos siempre a los altavoces como “altavoces de guitarra”. Esto es porque, en el fondo, lo de FRFR no es nada nuevo, ni nada específicamente diseñado para las nuevas tecnologías que están tomando al asalto el mundo de la guitarra. Los altavoces de una PA, o los monitores que se usan en un estudio, son FRFR. Es decir, ofrecen respuestas planas de rango completo. O todo lo planas que lo permitan el diseño concreto, los materiales empleados y la aplicación a la que se destinan.

Un altavoz de guitarra, en cambio, está “afinado” para las frecuencias propias de este instrumento, con respuestas variables en un rango en torno a los 80 y los 5000 Hz (más o menos). Es precisamente cuánto entregan de estas frecuencias o algunas más por encima o por debajo y cómo lo entregan (porque nunca presentan una respuesta plana) lo que configura el color de cada altavoz. En definitiva, lo que los hace incompatibles con las emulaciones de altavoces de un modelador de amplis.
Un altavoz FRFR ofrecerá una respuesta todo lo planta posible en casi todo el espectro que puede percibir el oído humano (entre 20 y 20.000 Hz). Algunos altavoces de PA pueden ser algo más concretos, llegando solo hasta 8.000 o los 10.000 Hz, aunque lo deseable es que ofrezcan el rango completo para captar todo lo necesario de todos los instrumentos que pueden participar en un concierto.

Y son esta clase de altavoces, precisamente, los que parecen los más adecuados para utilizar con tecnología de modelado de amplis. Por un lado, porque la respuesta plana nos asegura que nuestro sonido esculpido dentro del procesador no se verá luego coloreado por los altavoces, asegurando que nuestro tono  se escuchará igual en el local o la sala de conciertos a cómo lo escuchábamos mientras lo diseñábamos con nuestro equipo o nuestros auriculares. Por otro, porque el rango completo permitirá que todos los matices que tanto nos ha costado conseguir estarán siempre presentes.

El problema es que los altavoces FRFR suelen tener poco que ver, estéticamente, con una pantalla tradicional de guitarra. Algo que a los guitarristas que venimos del mundo puramente analógico nos supone una barrera psicológica nada desdeñable. Pero esto es una cuestión que trataremos dentro de poco en un próximo artículo sobre tipos y formatos FRFR... ¡Os esperamos!