Hay una serie de aspectos que nos parecen absolutamente vitales y definitorios en una guitarra. Para cada uno son distintos, y suelen pasar por grosores de mástiles, comodidad del cuerpo, sonoridad de la madera, trastes de uno u otro tipo, configuración electrónica... Cada guitarrista busca algo concreto, que no tiene por qué ser lo mismo que otro, en una guitarra, y decantarse por una u otra puede depender de algo tan sencillo como no sentirse cómodo agarrando un mástil con perfil años 50 (¿alguien? ¿De verdad?), o no tener las dos humbucker de una Les Paul montadas con la polaridad invertida.

 

Lo que no suele confesarse tan habitualmente es que la estética también cuenta. Vale, seguramente un guitarrista serio y ya talludito no se inclina por uno u otro instrumento según el look que tenga. Pero, a quién pretendemos engañar: en muchas ocasiones, el acercarnos de primeras a uno u otro modelo es una cuestión puramente de amor a primera vista. Con el acento puesto en “vista”, claro. Y no son pocos, especialmente los jóvenes, los que eligen una guitarra por lo preciosa o diferente que resulten a los ojos.

En Gibson, además, tenemos bastante experiencia en lo que a la estética se refiere. No queremos pecar de poco humildes, pero tampoco nos vamos a andar con tonterías: muchas de nuestras guitarras son auténticos iconos del rock, en buena medida por cómo han sonado en manos expertas, pero también por cómo lucen. Nada resulta tan hard-rockero como una Les Paul sunburst colgada a la altura adecuada, o una SG reclamando atención con su rojo Cherry. Igualmente, una guitarra como la Flying V tiene mucho que decir estéticamente.

Por eso, uno de los aspectos en los que más mimo se pone, sin duda, es en el acabado de nuestras guitarras, que, al final, dicta mucho lo que la guitarra dice sobre si misma desde un escenario. Tanto en la planta de Gibson USA como en la Custom Shop, las guitarras siguen un proceso similar en este sentido: primero se lijan, luego se acopla el mástil, y se ajusta completamente usando una máquina PLEK. Tras esto, se aplica un sellante para tapar los poros de la madera de la guitarra, y ya está lista para empezar a trabajar su flamante acabado.

Una vez en la estación de chapa y pintura (bueno, solo pintura), se tapan cuidadosamente todas las partes que no deben ser pintadas: diapasón, trastes, etc. La guitarra viaja así en su nuevo método de transporte: la cinta de transporte de techo que algunos habréis visto en fotos y vídeos (¡también en las tintorerías, aunque menos sexys!), y que permite trabar con ellas cómodamente. Y os aseguramos que cientos de guitarras colgando de la cinta y esperando su trabajo de pintura es toda una visión.

Las guitarras, además, pasan la noche junto a un generador de electrostática, que permitirá que la laca se adhiera mejor. En total, cada instrumento recibirá seis capas de laca y dos de pintura, un trabajo para el que se requiere mano firme, ojo atento y mucha paciencia. Las pistolas se usan a mano, con lo que la pintura de cada guitarra tendrá siempre un algo distintivo. Aunque, eso sí, no viene mal contar con una ayudita de la ciencia: la cabina de spray le da a cada guitarra una carga electrostática positiva, mientras que la pintura la tiene negativa. Ya sabes, los polos negativos se atraen...

La junta de los trastes con el diapasón, el famoso binding, es otra de las características definitorias en muchos modelos de Gibson. Para muchos resultará una sorpresa saber que éste se realiza a base de echar pintura y laca con el spray. Cuando la pintura está seca, el binding se perfila. Un trabajo del que se encarga el equipo de raspadores, un puesto para el que se requiere vista de lince. Éstos emplean normalmente cuchillas afiladas que ellos mismos se hacen, y con las que se quitan las capas de pintura que sobran en la junta y en la cejilla. ¡La destreza con la que los raspadores realizan esta tarea es todo un espectáculo!

Lo siguiente es serigrafiar los logos en las palas de las guitarras, mientras comienza la fase de inspección, que la mandará de vuelta a la fase de pintura si hay defectos. Una tarea no precisamente sencilla, teniendo en cuenta que las pistolas de pintura dejan patrones distintivos, y que acabados más elaborados como los sunburst, donde se emplean varios colores, requieren de un grado de artesanía y excelencia sin reservas.

Tras la pintura llega la laca, cargada electrostáticamente, que se aplica con un grosor de ocho milésimas de pulgada (unos 0,2 milímetros). Uno de los principales culpables del acabado final de nuestras guitarras es el horno por el que pasan las guitarras varias veces para lograr el correcto secado entre cada aplicación de nitrocelulosa. Recuerda, seis capas, nada menos, que pueden tardar hasta 9 horas en secar en cada instrumento...

Una vez seca la laca, toca repasar el acabado con un suave lijado, que incluye retirar los restos y acumulaciones de pintura y laca en diferentes partes de la guitarra. “Pelar la naranja”, lo llaman en las factorías... Un trabajo que requiere mucha precisión, porque está en juego el acabado completo de la guitarra. Un poco más de fuerza de la necesaria, y la guitarra tiene que ir de vuelta a la estación de pintura.

Finalmente, se le aplica la última capa de laca, y tras al menos tres días de secado, pasa a la última fase. Que consiste en todas aquellos pequeños pero importantes detalles que hacen que una guitarra no solo luzca espectacular, sino que también se pueda tocar (¡que para eso las hacemos!): limpieza y pulido de trastes, lijado y aceitado del diapasón, etc. Una buena sesión de limpieza, pulido y abrillantado, y tendremos en nuestras manos un instrumento pensado para sonar como un cañón, lucir como un dios del rock, y durar toda la vida:

Una guitarra Gibson.