Cualquier que toque en una banda, y se haya enfrentado al directo o a la sala de grabación, tiene claro que la sincronía entre la batería y el resto de la banda es vital. En su nivel más básico, la batería es el metrónomo del grupo. Si nadie le sigue y se acopla a su tempo, lo que suena no es una canción. Es... otra cosa. Pero la batería no solo marca el beat: la batería es el corazón de la banda, en tanto que marca el latido con el que se mueve el tema, sí, pero también en cuanto crea el groove del mismo. Un término un tanto elusivo que alude tanto al tempo en sí, como a lo que ocurre alrededor del mismo, y la dinámica que genera una formación.
 
En esto del groove, el baterista tiene un socio indisoluble: el bajista. Es principalmente lo que ocurre entre el bajo y la batería lo que, en realidad, configura ese groove. Y lo que, al final, genera ese pulso que da vida a un tema, y empuja al resto de instrumentos. Por tanto, la sincronía entre el bajo y la batería resulta especialmente importante para cimentar nuestra música.
 
¿Significa esto que ambos instrumentos deben ir al unísono constantemente? Primero habría que definir qué significa “ir al unísono” en este caso, tratándose por un lado de un instrumento percusivo, y otro, en realidad, melódico... aunque todos nos sepamos ese chiste que habla del bajo como un “bombo cromático”. Este chiste, precisamente, apunta con sorna en la dirección adecuada: el símil con el bombo tiene mucho que ver con que el bajo tiende a seguir a este elemento de entre todos los que aporrea nuestro amado y ruidoso baterista.
 
Por supuesto, existen muchas formas de tocar el bajo en una canción: puedes, por ejemplo, calcar el riff del guitarrista, tocando esa figura una octava por debajo y creando un unisón que resultará en un sonido bien gordo. En metal es muy habitual, aunque estamos seguros de que bajistas como Jason Newsted – cuestiones de mezcla aparte – han maldecido en más de una ocasión haber sido demasiado fieles a esta filosofía. También puedes tocar una línea de bajo que cuente su propia historia, sin fijarte demasiado en los demás. Bajistas increíbles como Geddy Lee o Les Claypool han demostrado su gran habilidad en este sentido. O podrías buscar una combinación de ambas y acercarte a la figura del guitarrista solo de cuando en cuando, para reforzar algunos pasajes.
 
No obstante, hay una forma de aproximarse al bajo en el vasto mundo del pop y el rock que, por lo general, logra el mayor impacto en cuestiones de sonido y de groove. Y es precisamente la de sincronizarse a la perfección con el bombo. Es sin duda, una forma infalible de que todo funcione, y de que ese pulso del tema sea contundente y esté repleto de vitalidad. La cuestión es bien sencilla, como casi todas las cosas bonitas de la música, y consiste en que cada una de tus notas principales, las que van marcando los acentos, ocurra al mismo tiempo que cada golpe de bombo.
 
Fíjate que hablamos de tus acentos, aunque bien podrías tocar única y exclusivamente las notas fundamentales del tema o tu línea de bajo al unísono con el bombo. Sabemos que lo has escuchado miles de veces, y has apreciado su efecto, aunque tal vez no estabas completamente seguro de qué es lo que estaba ocurriendo. El resultado suele ser un sonido gordo, en el que bajo y bombo se fusionan como si fueran uno, marcando un ritmo contundente, implacable. Como el tam-tam de una galera de esclavos... ¡pero de buen rollo!
 
Lógicamente, lo de tocar al unísono con el bombo no se puede llevar al extremo: en una típica walking line de bajo, como las que son tan habituales en blues, es imposible ir siguiendo cada golpe. Por eso hablábamos de acentos. En este caso, y en el de cualquier figura más compleja pensada para funcionar de esta manera, es importante que esa línea de bajo esté construida alrededor del ritmo que marca ese bombo. De esta forma, el tema comenzará a funcionar como una máquina bien engrasada, a latir con fuerza.
 
Puede resultar interesante, incluso, en momentos determinados, acoplar algunos de tus arreglos a los redobles que haga el baterista (siempre que no esté jugando a darle a todos los timbales en el menor tiempo posible, vaya... ¡estamos hablando de groove!). Pero tampoco hay que perder de vista que esta sincronía, llevada a sus últimas consecuencias, puede resultar en un sonido un poco estéril o aburrido, en el que ocurren pocas cosas. El latido debe ser sinónimo de vida, y no de, en fin, maquinaria.
 
Lo que queremos decir es que si te mantienes tema tras tema, o durante cada sección de un tema, marcando solamente los golpes de bombo con tu bajo, tal vez estés siendo demasiado parco. No dudamos de que haya composiciones que lo requieran, sin contemplaciones. Pero probablemente puedas, y debas, generar interés saliéndote de esta norma: calca el riff del guitarrista en la intro, y limítate a seguir al bombo en la estrofa; mantén esa unión con la batería durante el estribillo, pero añade arreglos que te den independencia; y por qué no idear una figura en la que tu bajo vaya completamente por libre para una sección determinada. En definitiva, sé creativo. Pero si las cosas no acaban de encajar, recuerda volver al bombo. ¡Todo funcionará!