El tono, o timbre, como en el fondo sería más correcto llamarlo en español por mucho que pese el anglicismo derivado de “guitar tone”, es algo que obsesiona especialmente a los guitarristas. Hemos hablado muchas veces sobre él y, demonios, hasta creamos una serie (saga, casi) de artículos dedicados a él, nuestro objeto de deseo, y sus circunstancias: Tonifícate.

Pero lo del tono sigue siendo algo elusivo, casi místico, para algunos, y obsesivo para otros muchos en el mundo de las seis cuerdas. Sin embargo, y aunque confío en que todos tengamos asumido que lo que para unos es buen timbre, para otros puede resultar espantoso, porque buena parte de su hechizo reside en el fondo en nuestro cerebro, sí es cierto que ciertos parámetros objetivos podrían darnos algunas claves sobre lo que generalmente entendemos por “buen tono”. Mística y subjetividad aparte, el sonido es un fenómeno físico, y como tal puede medirse, calibrarse y, con las herramientas adecuadas, reproducirse.

Es decir, que si analizáramos todos aquellos sonidos clásicos de los 60 y 70, por ejemplo, que han marcado la pauta de lo que muchos buscan tonalmente de forma incansable (para desgracia de sus cuentas corrientes y, tal vez, sus matrimonios...), seguramente encontraríamos características específicas que, al menos, nos pondrían sobre la pista de qué los hace tan atractivos y gratificantes para el aficionado al rock.

Para entenderlo, vamos a repasar algunos términos clave que nos permitirán comprender un poquito más el aspecto más científico del tono:

Vibración
A estas alturas, damos por supuesto que casi todos los que nos leéis tenéis claro cómo funciona una guitarra eléctrica. Pero como nos gusta respetar a las minorías (¡acabáramos!), allá un pequeño resumen: tú, guitarrista, le atizas un puazo o un dedazo a una cuerda (normalmente a varias a la vez, pero quedémonos con una), ésta vibra sobre el campo magnético que genera la pastilla que tiene justo debajo en el cuerpo de la guitarra, diferentes aspectos del instrumento (maderas, mástil, trastes, puentes, silletas, cejuela...) influyen en cómo se desarrolla esta vibración, y la pastilla la capta con todos sus matices convirtiéndolos en diferencias de voltaje. La señal eléctrica resultante, sale disparada hacia el jack, y desde ahí hasta el amplificador donde ocurren otro buen montón de cosas.

Frecuencia
Con lo que debemos quedarnos de esta explicación tan de Barrio Sésamo es, de momento, con la palabra que encabeza el epígrafe: vibración. Las cuerdas vibran con una cadencia determinada que depende de tantos factores que nos podríamos marear enumerándolos, pero principalmente de su longitud, grosor, tensión y en qué traste la tengamos pulsada (es decir, ejem, longitud...). Esa cadencia es lo que llamamos frecuencia. O lo que es lo mismo, la frecuencia es la cantidad de veces por segundo que la cuerda completa un ciclo de vibración.

Armónicos
Las cuerdas no vibran, en cualquier caso, de forma simple. Si alguna vez habéis podido ver uno de esos vídeos a cámara súper lenta de cómo ocurre este fenómeno, aparte de quedaros con la boca abierta, habéis comprobado que la vibración es realmente compleja. No solo tiene lugar una sola frecuencia, sino que la cuerda vibra también a mitades, cuartos, octavos, etc. Es decir, que si la tasa de vibración es de 440 veces por segundo (440 hercios, o lo que es lo mismo nota A o La, según tu ubicación geográfica), la cuerda  genera también 880, 1320, 1760 hercios, etc. Es lo que, básicamente, denominamos armónicos. Exactamente el mismo concepto que encontramos en las ondas de sonido cuando las representamos gráficamente (en un DAW, por ejemplo): resulta imposible encontrar un tono puro (sinoide) a no ser que se genere artificialmente, ya que cualquier sonido captado de un instrumento (o de la naturaleza) estará formado por un tono fundamental y toda una serie de armónicos que ocurrirán con diferentes intensidades según múltiples factores.

Timbre
Son éstos, en definitiva, los que configuran el timbre. Es sencillo de comprender si tenemos en cuenta que una nota La – 440 Hz – en un violín no suena igual que en una guitarra eléctrica. Son todos los armónicos generados sobre ella y sus intensidades los que dictaminarán cómo suene realmente ese tono. O dicho de otro modo, cuál será su timbre (y el timbre, precisamente, es lo que nos permite saber de qué instrumento viene cada sonido...). Piensa, por ejemplo, en la diferencia entre las dos pastillas de una Les Paul: la causa por la que suenan diferente reside principalmente en que cada una capta las diversas vibraciones de la cuerda en diferentes puntos. Es decir, si visualizamos cada una de ellas como formas sinusoidales consecutivas e independientes que se desarrollan sobre ambas pastillas, cada transductor convertirá en electricidad una porción diferente de las ondas. Es decir, captará el ciclo de vibración en un punto diferente de cada onda, creando armónicos de diferentes intensidades, y generará por tanto timbres distintos.

El rango del sentimiento
No, nos es que vayamos a ponernos ñoños de repente. Se trata solo de una forma de llamar al rango de frecuencias que es capaz de captar el oído humano: entre los 20 y los 20.000 hercios, exactamente (aunque a los veinte años ya hemos perdido un par de miles de hercios por arriba, y se pierden otros 2.000 cada diez años, más o menos). Lo que esto quiere decir es que, básicamente, lo que consideramos buen tono se encuentra sin duda entre esos dos extremos... ¡porque de otro modo no podríamos oírlo! No obstante, la guitarra se mueve principalmente en un rango mucho menor: entre los 82 Hz (el E grave) hasta los 1400 Hz (más menos) de las últimas notas del diapasón. Esto solo hablando de notas fundamentales, porque los armónicos que genera especialmente una eléctrica pueden llegar bastante más arriba.

Buen tono... a lo científico
Dicho todo lo cual, ¿qué consideramos buen tono? Más allá de gustos personales, parece bastante extendido en el mundo de la guitarra el aprecio por los armónicos pares. ! ¿Cómo?¡Tranquilo, explicación extendida del epígrafe “armónicos”: cada uno de los que se generan sobre un tono fundamental es en realidad un múltiplo de éste. La cifra por la que lo multiplicamos es la que marca el grado de armónico: armónico de segundo grado (880 Hz para una fundamental de 440 Hz, es decir, multiplicar por dos), de tercer grado, de cuarto, etc. Cada uno de estos tipos de armónico está asociados a sensaciones concretas en nuestro cerebro, y algunos se consideran más musicales que otros. Concretamente, los pares o, como se denominan en inglés, los even order harmonics (de segundo grado, de cuarto, etc.).

Las distorsiones clásicas y la saturación de válvulas son ricos en este tipo de armónicos, por ejemplo. Y aquí tendríamos una primera clave “científica” para el buen tono: es más que probable que, para la mayoría de la gente, los sonidos con abundantes armónicos pares se identifiquen con ésos otros con los que han educado sus oídos tras años de escucharlos en discos, grabaciones y directos. Es decir, ese tipo de timbre les resultará agradable y, por tanto, lo considerarán buen tono. ¿Qué hacer, pues, para lograrlo? Centrarse en dispositivos – amplificadores, válvulas, pedales, etc. - que favorezcan estos sobretonos.

Por otro lado, algunas frecuencias son más agradables al oído que otras. Concretamente, las que se aproximan más a la voz humana suelen identificarse con timbres familiares. Afortunadamente, la guitarra se mueve principalmente en el mismo rango que la voz humana, lo que en el fondo puede ser una buena explicación de por qué se ha convertido en un instrumento tan popular en el último siglo y pico.

Reflexiones aparte, es importante conocer qué impacto tienen sobre el oyente las diferentes frecuencias que componen el timbre de una guitarra. Y para eso no hay nada como grabar una pista y jugar con un ecualizador. Descubrirás, por ejemplo, que en torno a 150 Hz (medios graves) se encuentra buena parte de lo que hace que un sonido nos parezca “gordo” o no, o que alrededor de los 2 kHz está la “presencia”; o que lo que cae en torno a los 3.000 hercios es bastante desagradable al oído.

¿Quiere todo esto decir que un buen tono de guitarra se puede obtener de forma meticulosa y científica atendiendo a cifras y frecuencias? Bueno, en el fondo, no: las variables son tantas, incluyendo como tal el oído de cada cual, que sería imposible acotarlas para actuar sistemáticamente sobre todas ellas. Pero como suele decirse... el saber nunca está demás.