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Entrevista Gibson: Les Paul

Ted Drozdowski
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16.01.2013
Les PaulGibson se complace en presentar la “Entrevista Clásica Gibson”, donde abrimos nuestros archivos para compartirles varios de los reportajes que hemos realizado a lo largo de los años con algunos de los artistas más reconocidos del mundo. Y es que para Gibson no ha existido un artista más grande que Lester William Polsfuss, mejor conocido como Les Paul. Esta semana, recordamos la entrevista que le realizó Ted Drozdowski en 1992.

Les Paul no solo es uno de los guitarristas más importantes del mundo; también es uno de los grandes contadores de historias. En una entrevista que le hice en 1992, le pregunté cómo se embarcó en el camino hacia el éxito. Lo que leerán a continuación es el recuento textual de su niñez en Waukesha, Wisconsin, y la transición hacia su mejor momento en Nueva York mientras era parte de la banda “The Pennsylvanians” junto a Fred Waring.

Adelante, Les:
LOS COMIENZOS
¿Cuándo empecé a tocar guitarra? Bueno… desde que era un niño pelirrojo, lleno de pecas. Era terriblemente apasionado al respecto. Me abalanzaba sobre las cosas que me interesaban entonces, ya fuera la música o los sistemas electrónicos.

Debido a la novedad de la tecnología, todo lo relacionado con ella se convirtió en mi cielo y mi refugio. Solía quitarle la placa al interruptor de la luz para saber que era lo que hacía que las luces se encendieran. Desbaraté el piano de mi madre y el gramófono de cuerda -este último sí que debía desarmarlo a como diera lugar. Era tan curioso que mi hermano pensaba que estaba loco.

Alguna vez me encontraba sentado en el porche de en frente, cuando llegaron a instalar los desagües de la casa. A la hora del almuerzo, el hombre que se encontraba cavando sacó una armónica y comenzó a tocar. Así que yo salté del porche y me quedé mirándolo hasta que me dijo: “creo que quieres esto”. Me dio su armónica y mi madre me la arrebató e inmediatamente la puso a hervir. Así conseguí la armónica, que junto al piano –mi primer instrumento- resultaban en una gran combinación…excepto que yo le daba la espalda al público cuando tocaba.

Entonces intenté con un tambor. El tambor no funcionaba para nada porque simplemente no es tan musical. Probé con el banjo. Probé con un saxofón, pero así no podía tocar la armónica. Hasta que finalmente llegué a la guitarra, y tanto la guitarra como la armónica se convirtieron en mi vida, a excepción de esas veces en que tocaba en los restaurantes con drive-in, porque la gente no podía escucharme. Las carpas estaban abajo y las meseras me decían: “sabes, sería mejor si pudieras tocar y cantar un poco más alto”. Ahí fue cuando cambié la radio y el teléfono de mi madre por un sistema de amplificación con micrófono vocal. Las carpas se subieron pero la gente se volvió a quejar porque no escuchaban la guitarra.

Así que tuve que tomar la radio de mi padre para cambiarla por un gramófono con amplificador. Lo adjunté a la parte superior de la guitarra, le di cuerda y se encendió. Ese fue el comienzo de la guitarra eléctrica para mí. Y esa guitarra eléctrica… causó gran conmoción, las carpas volvían a alzarse y muchos músicos me preguntaban: “¿Qué crees que haces amplificando una guitarra? Estás arruinando el sonido”. Los problemas de feedback eran enormes. Tenía de todo menos alta fidelidad, pero en el transcurso de un año, trabajando, trabajando y trabajando, logramos que la guitarra tuviera un sonido bastante pasable. En 1930 viajé hacia Chicago con ella, pasando por Springfield, Missouri y St. Louis. Fui a Bell and Howell y conseguí un altavoz con un cable largo que venía en una caja especial para proyectar películas. De ese modo obtuve un amplificador de guitarra con una manija.
Ese fue el comienzo de la controversia, allí mismo en Chicago donde toqué en el Hotel Bismark, en NBC y en CBS Radio. Los hoteles no se oponían: todos allí podían escucharme, como las meseras de los drive-in en Waukesha. Pero en lo que respecta a la radio, bueno, todos los músicos refutaban. Decían “Dios mío, puede tocar más alto que cualquiera de nosotros”. Los saxofonistas parecían ponerse azules y a los bateristas les ahogaba el sonido. El amplificador era un arma mortal.

A Young Les PaulNUEVA YORK O EL FRACASO
Recuerdo estar en Chicago con mis amigos, los Hoosier Hotshots, Red Foley, Johnny Johnson, quienes le deseaban gran suerte a mi trío. Tiré una moneda: cara, Nueva York; sello, Los Ángeles. No importaba, iríamos a algún lugar con el trío y la guitarra eléctrica. Cayó en Nueva York. Así que los otros dos chicos del trío – Jimmy, el hermano de Chet Atkins y el bajista Ernie Newton – dijeron: “Bueno, ¿qué haremos cuando lleguemos a Nueva York?”. Yo les dije, “Conozco muy bien a Paul Whiteman… así que tendremos trabajo inmediatamente”.

En realidad jamás había conocido a Whiteman en mi vida, pero tenía que decirles una pequeña mentira blanca o nunca hubieran sido capaces de viajar conmigo. Jimmy Atkins estaba casado, así que esto significaba un cambio grande en su vida. Debía renunciar a su trabajo. Estábamos trabajando en la radio de Chicago y ganábamos bastante dinero. Me advirtieron que irme a Nueva York y enfrentarme a Paul Whiteman iba a ser un desastre.

Pero los chicos creyeron en mí y nos pagamos el viaje tocando en teatros. Finalmente llegamos al Hotel Chesapeake y ahí es donde me preguntaron: “Y bien, Les. ¿Vas a llamar a tu buen amigo Whiteman?”. Me obligaron a ir al teléfono y busqué a Whiteman en el directorio. Llamé y la secretaria me dijo, “¿Cuál es su nombre?”, le respondí “Rhubarb Red” – ese era el nombre con el que tocaba en ese entonces – pero hice una pausa y le dije “Les Paul, el Trío Les Paul”. Entonces ella dijo: “en este momento no le interesa ningún otro músico. Está muy ocupado. Gracias y adiós”.

Cuando colgamos, los chicos me preguntaron: “¿Qué dijo?”. Y yo les respondí: “Que fuéramos
inmediatamente”.
 
¡Ni siquiera teníamos estuches de guitarra! Fuimos hasta Broadway y de ahí a Broadway y la 53, al edificio Ed Sullivan. Bajamos del elevador—hacía mucho, mucho, calor—y al final del pasillo divisé la oficina, donde estaban Whiteman y su secretaria. Entonces lo saludé y vi que Whiteman le comentaba algo a su secretaria, que inmediatamente cerró la puerta. Entonces mis amigos me miraron y yo dije: “Bueno, claramente no está muy bien de la vista. No me reconoció”. 
The Les Paul Trio
Justo en ese momento salió del baño de caballeros Fred Waring. Me acerqué a él y le dije: “Señor Waring, mi nombre es Rhubarb…uh, uh, uh…Les Paul y estoy acá con mi grupo”. Él respondió: “Miren, si lo que ustedes buscan es trabajo, olvídenlo. Tengo un grupo de 62 tipos de Pennsylvania y me está costando mucho darles de comer”. Yo pregunté: “¿Podemos tocar hasta que venga el elevador?” y él contestó: “No creo que haya una ley que lo prohíba. Háganlo”.  

Sólo sabíamos dos canciones, que habíamos ensayado más de dos años. Y es que yo siempre pensé que es mejor tener un buen traje que cuatro baratos. Entonces, mientas Waring esperaba el elevador, tocamos “After You’ve Gone”. La canción empieza suave, lenta, pero nosotros doblamos el tempo. Entonces llegó el elevador y él me dijo: “Suban”. Le hicimos caso. Llegamos a su estudio, inmenso, y me encuentro con los Pennsylvanians ensayando. Waring dijo: “Paren la música”. Nos observó y agregó: “Toquen algo”. 

Enchufamos el amplificador a la pared, como habíamos hecho en el piso de Whiteman, y tocamos. El bajista tenía un pedazo de papel de lija y cuando empezó a tocar “boom, chick”, en vez de darle al bajo como se haría normalmente, tenía unas escobillas para batería que cuando se frotaban por el papel de lija lograban un sonido muy original. Además Jimmy Atkins cantó muy a lo Bing Crosby. Así que ahí mismo nos contrataron. 
 
SI NO ESTÁS SEGURO, DISIMÚLALO
Fred Waring
Nunca le dije a Fred Waring que no sabía leer música. Una vez, en mi día libre, sonó el teléfono y Waring dijo: “¿Estoy hablando con el artista invitado? ¿Sabes que entras en media hora? Ah, ¿nadie te avisó?”. Respondí que no, pero que llegaría de inmediato. Salté al carro y fui hasta el Vanderbilt Theater sin tener tiempo siquiera para ponerme mi vestuario. Sólo me calcé la chaqueta con el viejo pantalón Levi’s, que tenía un destornillador colgando del bolsillo trasero. Al llegar me encontré con cuatro páginas de música escrita y un título: “Melodía en Fa”. Miré a Frank Howard, que tocaba el piano—a esa altura estábamos al aire, a nivel nacional—y le dije: “Mi Dios, nunca le comenté a Fred pero no sé leer música. Indícame cuando me toque entrar, ¿sí?”.

Pero lo que el pianista no llegó a decirme fue que el arreglo era de Stinky Davis, el clarinetista. Estaba escrito en Si Bemol. ¡“Melodía en Fa” en Si Bemol! Y por supuesto, la primera nota que toque fue en Fa, porque estaba en Fa. Entonces en cuanto escuché que era Si Bemol, me acomodé. Afortunadamente conocía el lead de la canción. 

Apenas terminé de tocar mi parte sin ningún problema, me descolgué la guitarra y el pianista me dijo “todavía no terminaste”. Y yo le dije: “¿Ahora qué viene?” Y él comentó: “Todavía te queda una coda de ocho compases”. “¿En qué tonalidad?”, pregunté. “En la misma que estábamos antes”, respondió.

Al final del arreglo la banda paró de tocar y yo hice el sólo más largo que sabía. Iba de abajo hacia arriba, volvía y tocaba un acorde. Pero aún quedaban algunas entradas más. Lo hice de nuevo y la verdad es que quedó muy bien. Salí y dije: “Que nadie me diga jamás que Dios no existe”. 
Más tarde, estaba en el backstage leyendo “Dick Tracy” cuando Fred Waring se acercó, me rodeó con el brazo y dijo: “Sin dudas, eres el mejor músico que tengo. Leíste todo eso a primera vista. Nunca había visto a nadie hacer eso”. 

Claro, entonces yo también me di cuenta que Fred tampoco sabía leer música. 
La historia es esa, 100% real. Esa época junto a Fred Waring fue, con total seguridad, la mejor educación que recibí en toda mi vida.    

Miles Davis una vez me preguntó: “¿Cuál es el secreto, Les? La gente simplemente te adora”. Yo le contesté: “Es simple, pero para ti será complicado”. El me insistió y entonces respondí: “Toca ‘Mockingbird Hill‘. Y me dijo: “Jamás voy a tocar eso”. Le aclaré que le estaba tomando el pelo y agregué: “El secreto es no tocar para uno mismo sino para los otros. Yo hago lo mejor que puedo para entretener a los demás”.   
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