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Por qué usar un ampli pequeño para lograr sonidos grandes

Raúl Barrantes
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26.11.2013

Ya hemos mencionado por aquí en varias ocasiones que lo de emplear amplificadores pequeños para grabar no es en absoluto mala idea. Más bien al contrario, es una idea cada vez más extendida que, en el fondo, viene de largo. De hecho, muchos discos y canciones míticas se han grabado precisamente empleando amplis de pequeño vataje (aquí tienes 5 ejemplos clásicos).  Aunque luego veamos a nuestros guitarristas favoritos sobre el escenario empleando grandes pantallas y bicharrachos de 100W, lo cierto es que en el estudio la cosa puede ser muy distinta. ¿Por qué?

Ésta es la pregunta a la que vamos a intentar responder hoy. Porque si hitos de la historia del rock como Layla o Communication Breakdown se han grabaron con amplis de menos de 10W, y guitarristas com Billy Gibbons o Brian May han optado en numerosas ocasiones por el hermano pequeño, será por algo. Tal vez esto nos dé unas cuantas ideas la próxima vez que queramos grabar nuestro Marshall half-stack en el salón de casa, y no acabemos de entender qué es lo que no funciona.

 

El famoso sweet spot

Una de las principales razones por la que los amplis pequeños funcionan tan bien en el ambiente de estudio, mientras que los de mayor potencia pueden resultar frustrantes, radica en las propias características de los amplificadores de válvulas. Todos los que los usamos sabemos que este tipo de ampli presentan lo que en inglés se denomina sweet spot: es decir, el punto óptimo en el que el amplificador ofrece su mejor sonido. Por desgracia, este punto, cuando de válvulas trata la cosa, suele encontrarse con el volumen, y tal vez la ganancia, relativamente altos.

 

Es fácil entender, pues, que si buscamos ese sweet spot a la hora de grabar con un ampli de 50 ó 100W (¡y deberíamos!), cuando su sonido comience a abrirse, y a ofrecer toda su riqueza tonal y armónica, también lo hará a un volumen que, según el lugar en que nos encontremos, puede no ser especialmente manejable. Con lo que tendremos que bajar el volumen, y perder ese “mojo” (y esto aplica también para el directo y salas pequeñas ojo. Hay pocas cosas más tristes que tocar con un Super Bass de los 70 puesto al... ¡1!)

 

Cuestiones de espacio

Y no solo eso. No se trata simplemente de que ese half-stack del que hablábamos algo más arriba pueda generar un volumen tal cuando empieza a sonar como realmente debe hacerlo que, si somos tan temerarios como para intentar grabarlo en nuestro home studio, los vecinos montarán una turba al más puro estilo Frankenstein de la Universal. Es que el sonido necesita también de espacio para desarrollarse. Es decir, nunca sonará igual (de bien) un muro de amplificadores dentro de una habitación o sala de grabación que sobre un escenario. En éste, el sonido puede expandirse y desarrollarse en su totalidad. En un recinto más pequeño, la energía que emite será excesiva, y nos encontraremos fácilmente con una caos sónico fruto de las reflexiones de la sala (toda esa energía rebotando demasiado pronto en múltiples superficies).

 

Puede que sepamos dónde está ese sweet spot de nuestro ampli, pero seguramente no nos sonará nada dulce en la sala de grabación de la pecera. A no ser que podamos trabajar en instalaciones realmente grandes, claro.

 

Sensibilidad de los micrófonos

Otro factor a tener en cuenta son las propias herramientas con que se realizan las grabaciones. Y muy especialmente los micrófonos. Dentro de un estudio, normalmente se tienen al alcance colecciones de micros que ofrecen toda una paleta al técnico o productor para captar los detalles precisos que se requieren de un instrumento particular. La cuestión es que éstos suelen presentar una sensibilidad especialmente alta, particularmente si hablamos de micros de condensador (también los de cinta). Precisamente porque son capaces de captar los matices más pequeños.

 

Un ampli grande puesto al rojo y escupiendo dBs como un avión es más que probable que, para empezar, sature la entrada de un buen micro de condensador. O, dependiendo de la sala, que capte demasiado ambiente (que puede ser bien feo, según el lugar) porque no podamos acercarlo a la pantalla sin reventarlo. Y aunque es por esto, entre otras cosas, por las que micrófonos como el SM57 siguen siendo indispensables también en el estudio, lo cierto es que la potencia excesiva puede obligarnos a prescindir de herramientas y recursos muy importantes cuando grabamos.

 

Lo que con ese ampli de muchos vatios se convertiría en una pista embarrada (y que acabaría percibiéndose como muy pequeña cuando intentara arreglarse el lodazal más adelante), con uno pequeño, emitiendo un volumen más controlable que permita al micrófono realizar su trabajo en condiciones óptimas, puede resultar en una gran grabación que, en el contexto adecuado, suene más grande que la vida.

 

La magia del estudio

Por último, hay que tener en cuenta que aunque tengamos el ampli-reactor de nuestros sueños, los mejores  micrófonos, y una sala lo suficientemente amplia como para levantar el pote de volumen hasta el 11 para grabar (y por supuesto que hay quien lo hace así), el resultado puede no ser el adecuado para el trabajo de mezcla. Se requiere una técnica microfónica experta, y mucho cuidado en el tratamiento posterior para que nuestro rock & roll thunder no se convierta en pantano farragoso. Habitualmente es más fácil convertir una grabación de un ampli pequeño en algo grande a través de todos esos trucos que se gastan los ingenieros de mezcla. Toda esa riqueza y claridad lograda al grabar un ampli en su punto dulce, con un micro trabajando sin estrés, en una sala en la que el sonido se desarrolla correctamente, solo pueden saltar hacia delante y convertirse en algo bigger than life. A veces, simplemente, con levantar el fader.

 

 

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